Lunes, 19 de octubre de 2015

Llamados a una tarea que no es fácil, a veces por razones externas y otras por causas internas, el Papa Francisco nos exhorta a ser evangelizadores con espíritu, y para ello tenemos que adaptarnos a los signos de los tiempos, pues como él mismo dice: “no hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas”… Y nos anima a no tener miedo, porque el anuncio que cada uno de nosotros no haga se quedará sin hacer: “Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.[2]

Para esta llamada a una tierra en estado de permanente misión: “El Espíritu Santo enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia. No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial... Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma… En la comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo”.[3]

El Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, dice: “La lectura que a veces se hace de la cooperación está equivocada; se habla siempre del sujeto que coopera dando; es él el protagonista en cuanto donante. De la otra parte se encuentra el que recibe y que nunca es visto como cooperador. Quien da coopera; quien recibe es mero sujeto pasivo. Sin embargo, esto no manifiesta una auténtica estructura de comunión cristiana. En ésta, todos dan y todos reciben; cada uno pone en común lo que tiene y cada uno participa de los dones del hermano, donde se basa la bienaventuranza de quien recibe”.[4]

Pero siempre debemos tener en cuenta que solos no podemos, pues: “Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción.

  • La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad.

  • En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división.

  • Por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación”.[5]

Cada uno tendrá que descubrir cómo debe ser su implicación en el anuncio del evangelio, siempre en comunión con la Iglesia. Por si te sirve de ayuda te recomiendo la lectura del texto íntegro de la ponencia del Cardenal Filoni, que puedes descargarte en el siguiente enlace:

http://1drv.ms/1Rkl3WQ

Animo: “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!”[6]



[1] Título tomado de la exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laicis, nº 32 de San Juan Pablo II. Sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo

[2] Evangelii Gaudium, nº 129

[3] Evangelii Gaudium, nº 130

[4] El Decreto “Ad Gentes”: Una visión teológica y pastoral sobre la misión. Conferencia inaugural en la 68 Semana de Misionología de Burgos, 2015.

[5] Evangelii Gaudium, nº 131

[6] Evangelii Gaudium, nº 109


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